sábado, 30 de marzo de 2013

El crimen






Se irguió y miró a su alrededor suspirando. Debido a la rapidez con la que se había puesto derecho, su visión se llenó unos segundos de garabatos oculares que no le dejaban ver bien.
Se llevó las manos al rostro y se frotó las cuencas de los ojos en los que sentía un picor inmenso.
Bajó la mano y suspiró de nuevo. Lo había hecho. Lo había hecho.
Se quitó la mascarilla de la boca y con cuidado se la desenredó de su greñudo pelo.
La dejó en la mesita del recibidor  y anduvo por el pasillo hasta el salón mientras se quitaba los guantes de látex. Todo estaba impoluto. Ni una mota de sangre.
Se apoyó en el aparador de costado y volvió a sentir aquella presión en el pecho. No sabía si eran remordimientos, culpa o simple ansiedad debido a la velocidad con la que todos los acontecimientos habían transcurrido.

Mirándolo desde la lejanía temporal que le ofrecían las tres horas transcurridas desde que todo había pasado, le parecía mentira la distinta visión que ofrecía un crimen antes y después de cometerlo.
Tras realizarlo, estaba seguro de que había cambiado por dentro y por fuera. No podía explicarlo, pero era alguien distinto. De eso estaba seguro.

Se enderezó y con cuidado paró una figura de porcelana de encima del aparador que se había empezado a bambolear por el contrarresto de peso al quitarse de aquel mueble.

Caminó hasta la cocina y se sirvió un vaso de agua de una botella de la nevera. Lo bebió como nunca antes había bebido un vaso de agua. Le parecía que el agua sabía.
Al meter el agua en la nevera y cerrar la puerta, vio dos fotos de niños pequeños. Por unos segundos no parpadeó y se quedó viendo aquellas dos fotos. Acercó sus dedos a las fotos y las acarició. <<Pobres…>> Pensó.
Centrando la vista en la yema de sus dedos vio manchas de sangre en sus cutículas.
Se maldijo y volvió a subir corriendo al baño de arriba para limpiarse bien. Mientras se frotaba con el jabón y el estropajo, pensaba en cuándo recibiría la llamada que le permitiría salir de la casa.

Bajó las escaleras de nuevo y pensó en que tal vez podría ver un poco la televisión; así pues amoldándose al sofá, agarró el mando a distancia de la mesa del centro, y pulsó el botón de encendido. Un segundo antes de que la imagen apareciera en pantalla, cuando la imagen aún permanecía en negro, vislumbró una silueta tras él.

-¿¡Pero qué coño…!?-Exclamó dándose la vuelta y agarrando el mando dispuesto a enfrentarse a quién fuera con él.
-Puto niñato, al final lo has hecho.
-¿Señora Harmens?-Dijo Ellison incrédulo mirando el cadáver amoratado de la Señora de la casa que lo miraba con los brazos en jarra al lado de una bolsa de basura.
-Al final lo has hecho…
-Señora Harmens no quiero hablar con usted.
-¡Pues lo harás!-Dijo comenzando a toser y lanzando esputos. Ante la cara desencajada de Ellison la Señora caminó hasta él y lo miró sonriente.
-Oh… Ellison cuánto lo siento. No quería incomodarte con mi tos. Pero es que cuando a una la ahogan en la bañera de su casa, los pulmones y el estómago se llenan de agua, y es rara la vez que no se forman coágulos de alimentos hinchados.
-No pasa nada.-Dijo siguiéndola con la vista, mientras la morada y empapada señora Harmens se sentaba en el sofá de sus alón.
-¿Tienes un piti?-Le preguntó a Ellison.
-No Señora.
-¡Oh venga ya!-Dijo con voz queda.-Mierda de últimas horas… Escucha, ¿cuánto te ha pagado?
-No creo que deba decírselo.
-Idiota, estoy muerta. ¿Qué podría hacer?
-Sus joyas.
-¿Todas?
-No, las que tiene en la casa.
-Pf… no son ni la quinta parte.
-Pero me bastará.
-Si tú lo dices. ¿Qué echan en la televisión?
-A estas horas no echan nunca nada…-Dijo Ellison cambiando de canales y buscando algo interesante.
-¿Y Fuffi?-Dijo de repente la Señora sobresaltándose al percatarse de que su caniche no ladraba.
Ellison titubeó.
-¿¡Y Fuffi!?
-En la bolsa de basura.
-¡Oh mierda! Era un chucho, ¿crees que iba a reconocer a un asesino?
-No pero…
-¿Te tenías que cargar a mi perro?
-Señora yo…
-¡Al cuerno!

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