domingo, 31 de marzo de 2013

El ayudante de policía





La luz se colaba por el ventanal del jardín trasero de aquel  feudo urbano en el que se encontraba, volviendo así visibles dentro del  haz de luz anaranjado del atardecer miles de millones de motas de polvo que surcaban el ambiente antiguo y distinguido de la propiedad.

Tom repasaba cada elegante objeto de aquel salón cuando una elegante sesentona recorrió el parqué con una bandeja de plata y unos cuantos artilugios que hacían parecer que el simple hecho de “poner un café” podría convertirse en todo un despliegue de utensilios y morfologías si se era lo suficientemente sofisticado.

-¿Qué quiere que le diga…? No comprendo el motivo del asesinato por más que lo intente.-Dijo la Señora de la casa mientras depositaba la bandeja en la mesa de cristal y se sentaba en el sillón contiguo al de Tom.
-¿A qué se refiere?-Dijo Tom meciendo la cucharilla en la taza de café que la mujer le acababa de servir.
-Bueno, la gente habla, ¿sabe? No sé si ustedes están sometidos a secreto profesional o no, pero la gente habla… y no sé cómo ni de qué manera, pero el barrio se ha enterado de que en la casa de Erika Harmens no faltaba absolutamente nada. ¿Quién podría tener algún tipo de asunto con Erika que no fuera su dinero?
-Sé a lo que se refiere.
-En fin, he de reconocer que todo este asunto me ha hecho replantearme muy seriamente mudarme de barrio. Una cree que vive en un lugar seguro con calles ajardinadas y gente paseando y de repente… Dios…-La señora Velvet bajó la vista y la posó sobre sus manos que empezó a frotar con aire intranquilo.
-Escuche, puedo asegurarle que está usted segura.
-¿De verdad lo cree?
-Usted misma lo ha dicho, el motivo del asesinato no parece que esté relacionado con un robo económico de ningún tipo. No parece el perfil del típico ladrón perteneciente a una red mafiosa. Nada nos hace sospechar que vaya a intentarlo de nuevo, mucho menos al lado del crimen anterior.
-Si usted lo dice…-Dijo atusándose el peinado enlacado y torciendo sus finos labios en gesto de aprobación con reticencias.

La Señora Velvet no parecía una mala mujer. O al menos eso le parecía a Tom. Era una víctima más de sus posesiones. Como el noventa por ciento de la gente en aquella urbanización.
Tom estaba convencido de que aquella mujer pasaría días sin salir de casa.
A veces le parecía, que cuánto más tenía la gente que cuidar y arrecadar, menos exteriorizaba su vida. No era ningún desacato pensar en que cualquier signo de amenaza proveniente del exterior, les hiciera replantearse su vida entera.

Tom paseó su vista a lo largo de la sala de estar llena de muebles de caoba y plata, para volver a detenerse en el gesto sereno y alicaído de la Señora Velvet.
-Escuche, ¿tiene usted familia?
-Tengo un hijo. Vive al otro lado del país. ¿Por qué lo dice?
-Tal vez sería conveniente que hasta que todo se esclarezca, viva con alguien. Aquí o en otro lugar.
-¿Cree que estoy en peligro agente?-Dijo la Señora juntando las rodillas y acercando la cara a la de Tom.
-No. En absoluto. Pero su tranquilidad es un factor a tener en cuenta.
-Ya…-Dijo la Señora con gesto trémulo-Puede que pudiera pedirle a Dorea que se quedara a pasar la noche durante unas semanas.
-¿Quién es Dorea?
-Mi asistenta.
-Sería una buena opción.

Tom exprimió el último trago de su taza de café saboreando el regusto amargo que sólo dejan los mejores cafés hechos en las mejores cafeteras.
Todavía con la taza alzada, descubrió el cuadro de encima de la chimenea que hasta entonces había ignorado.
-¿El señor de la casa?-Dijo señalando aquel retrato.
-Sí… mi Dorian. Murió hará dos meses veinticuatro años.
-Cuánto lo siento.
-En fin… el tiempo hizo que el dolor diera paso tan solo a recuerdos.-Dijo la Señora torciendo la vista y deteniéndose en el cuadro.-Es extraña la vida. Es una paradoja. Tan lenta y tan rápida. Créame cuando le digo esto Tom, el tiempo es un lobo feroz.

Tom trataba de descubrir los pensamientos que bombardearían la cabeza de aquella incipiente anciana, cuando comprendió que su servicio allí había acabado.

-En fin, he de irme.-Dijo Tom poniéndose en pie y carraspeando para aclarar su garganta de las pastas de mantequilla que había servido con el café anterior.-Señora Velvet, de verdad que no creo que tenga por qué preocuparse. No obstante aquí está mi tarjeta.-Dijo tendiendo a su porcelanosa y huesuda mano una tarjeta con un nombre y un número de teléfono.- Si ve algo raro, o se siente intranquila por algún motivo no dude en llamarme.
-Descuide lo haré.-Dijo la Señora levantándose del asiento y acompañando al agente a la puerta.-Y… agente, una cosa más.
-Dígame.-Preguntó Tom volteándose ya en el marco de la puerta.
-Ayer noche nos enteramos de que Ellison había muerto. No era del barrio, pero es cierto que era el jardinero de la mitad de las urbanizaciones.
¿Creen que puede existir una relación?
-Por ahora no lo hemos descartado. Son dos muertes muy próximas, y aunque no existiera una relación clara entre Erika y Ellison, la cercanía en el tiempo nos hace plantearnos todo tipo de cuestiones.
-Ya veo.
-Tenga un buen día.
-Igualmente agente.-Dijo la Señora apoyándose en el marco de la puerta y esperando que aquel ignorante pueblerino recorriera su tupido jardín, montara en su carraca de coche y desapareciera de allí para siempre.

Cuando Tom arrancó el coche, la Señora hizo un ademán con la mano mientras sonrió.
-A tomar por el culo gilipollas…-Dijo en voz baja sin dejar de sonreír con los dientes muy juntos.
Tras cerrar la puerta de la casa y trancar con doble pestillo, la Señora Velvet manejó sus sesenta y tantos lo mejor que pudo mientras subía corriendo por las escaleras e irrumpiendo en su habitación se sentó en la cama. Abrió un cajón de la cómoda y sacó un revolver. Con increíble destreza lo cargó y descargó y por último poniendo el seguro apuntó a través de la ventana a un pájaro en la copa de uno de los árboles de su propiedad.
“Bang” Susurró con sus labios viperinos mientras guiñando un ojo, trataba de enfocar con su otro ojo a través de la mirilla de su pistola.
Bajó el arma y suspiro. Suspiró como hacen las personas extenuadas. Las personas que saben que su fin se acerca irremediablemente.


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